El helicóptero sobrevolaba el instituto de Biociencias y Biotecnología de Corea. El edificio de cristales esperaba indómito las muestras de tejido recuperadas de una excavación arqueológica en la ciudadela sagrada de Caral - Supe, en Perú.
El sonido estresó a Soo-Yeon. Desde su oficina, tras el cristal, observó a sus compañeros en la sala de cultivos celulares. Sus trajes herméticos, sus ojos ocultos por las escafandras. Sonrió al recordar el rostro de su hijo la primera vez que la vio vestida en el laboratorio. Días después en su escuela había dicho que su madre era un astronauta.
—¿Quién pudiera volver a esos días?—se preguntó.
La vibración del mensaje entrante la llevó a la pantalla del móvil. Se detuvo en su reflejo, su cabello blanco caía sobre sus hombros, alineado sin desviarse un milímetro de su trayectoria. Sus ojos negros fueron leídos por el lector de retina.
El mensaje encriptado se desplegó.
[Mensaje recibido – fragmento recuperado]
… Tejido celular mantenido intacto. Más de diez mil años.
… En uno de los grupos celulares hay mitocondrias con ADN y en otros no hay ADN en dicha organella.
— Dra. Yeon, el equipo de traslado de muestras requiere su firma— el asistente le señaló que lo siguiera.
A lo lejos divisó a la novia de su hijo caminado con otros investigadores. Notó el saludo tímido y el bajar de su mirada. El receptáculo era violeta. Le llamó la atención un gráfico en forma de caracol realizado con líneas en su tapa. Una persona que no conocía, sostenía unos documentos. Su rostro le pareció único. Su piel morena, su nariz ancha, sus ojos grandes.
Le sorprendió que hablara su idioma. Era el cuidador de las muestras. Se enteró de la ciudadela Caral, más antigua que Keops, de las momias encontradas, de los estudios genéticos realizados en Perú e Inglaterra. Por momentos no se sintió cómoda. La mirada desconfiada la puso en alerta.
El atardecer coloreaba los vidrios del instituto. Quince minutos caminó entre árboles. Una luciérnaga pasó cerca. Pensó en su luz intermitente. Hacía tres meses que su hijo estaba en coma. Ni un día dejó de dormir a su lado. Se instaló en sillón que las enfermeras le habían conseguido. Como siempre les había dejado unos dulces, yakgwa en forma de flor. El aroma al jengibre la acompañó. Hoy no tenía hambre. Se tapó con una manta. Una luz blanquecina sobre el rostro de su hijo.
— Sé que estás ahí mi vida.
Entre sueños lo vio correr. Por un momento un niño y por otro adulto. Se mezclaba con su laboratorio. Las celdas madres duplicándose. Corriendo en placas de vidrio. Cada una de ellas sabiendo qué hacer. ¿Cómo podían? Unas se transforman en huesos, otras en músculo. Estaban vivas. ¿Y su hijo? Atrapado.
¿Dónde está la conciencia?
Llevaba horas en el microscopio. El secuenciador ya había leído e impreso la secuencia genética de las muestras peruanas. Los haplotipos Q y R eran característicos de esa población. Había hallado algo. Un grupo de células estaban vivas, pero el resto del tejido no.
Dentro de las células, algunas tenían mitocondrias con ADN y otras no.
Llevó a cabo una búsqueda de los genes comunes a ese tipo de ADN. No coincidían. Tal vez la muestra era pequeña.
— ¿Y si las cultivo?—pensó—. Puedo clonarlas y conseguir más muestras.
El golpe en la puerta la sobresaltó. Se puso rápido de pie inclinándose a su superior.
— Dr. Hyun-Woo Park, un honor recibirlo en mi oficina.
— Dra. Yeon, he accedido a su computador y he visto sus hallazgos.
Soo explicó con detalles su investigación hasta el momento. Calló su idea de clonar las células.
— ¿Dra. usted considera que son células madres?
— Así es. Lo extraño es el ADN mitocondrial.
El jefe del instituto movió su cabeza incredulo.
— ¿Más que encontrar células madres vivas sin soporte?
Continuaron por unos minutos hablando de una publicación.
Al irse, Hyun comentó.
— El Dr. Diego Sayritupac ha conseguido acceso ilimitado a la investigación debido al acuerdo con el gobierno peruano. Comprenderá que ese acuerdo es solo a los documentos que no requieren de nuestra retina.
El reloj de pared mostraba la hora de partida. El último de sus compañeros la saludó desde la puerta. Miró la célula moverse en el microscopio. El recuerdo del respirador conectado de su hijo resonaba en sus oídos. Era una música dolorosa.
¿Por qué te mueves?
Se vistió. Las cámaras la siguieron. Cada capa sobre su cuerpo. La apertura de la sala de cultivos celulares. En su mano la placa con las células de Caral. El rostro del colega Diego Sayritupac y su frase que se memorizó en su alma.
— Están vivas y están esperando.
Soo-Yeon ajustó el lente del microscopio invertido. Frente a ella, las placas de 6 pozos mostraban las colonias clonadas. Cada pozo parecía un universo. Las células madre danzaban sutiles, adheridas al fondo recubierto con vitronectina. Algunas ya formaban cúmulos. Otras se estiraban, como si intuyeran una arquitectura invisible. Uno de los pozos estaba vacío, pero lleno de nutrientes. Con pulso colocó la pipeta dejando las dos células. Una de ellas se adhirió a la pared. Por segundos se quedó quieta. Luego reptó por toda la superficie.
Era muy tarde cuando el calor del sillón en la sala de su hijo la dejó dormir unos minutos.
El mismo linaje. El ADN de la mitocondria deriva de la mujer. Una Eva para todos.
Una lucecita amarilla revoloteaba sobre el rostro de su hijo. Se levantó a pasarle un trapo húmedo por el rostro. Le limpió los párpados y la comisura de sus resecos labios. El tubo del respirador conectado a su tráquea. La luciérnaga se interpuso entre ella y su hijo.
— ¿Mamá, alguna vez se apagan?—le preguntó cuando era niño.
No puede recordar lo que le dije.
El lector de retina le permitió el paso al área de cultivos. Y habían pasado doce horas.
Giró la placa con movimientos precisos. Su vista en las cámaras de seguridad.
El pozo E3 contenía las células derivadas de la muestra peruana. Sintió el acercamiento del lente. Sabía que todo estaba siendo analizado.
Un pip.
El patrón de crecimiento no seguía ninguna línea conocida.
Una voz en off se escuchó en la sala.
— Dra. Yeon, por favor, colóquese los audífonos que están en el primer cajón del escritorio en donde usted se encuentra.
Las células se agrupaban con una lógica que desafiaba los manuales. Una figura en espiral comenzaba a emerger.
Soo, tomó los auriculares blancos con un temblor fino en su mano. Sabía lo que era. Hace un par de años toda la información del instituto era codificada y analizada por una inteligencia artificial.
— Dra., nuestra conversación será grabada.
— Correcto.
— Ha violado tratados de cultivos de células madres para estirpes desconocidas. ¿Puede justificarlo?
Sostuvo su mirada en las células. Unas células liberaban pulsos eléctricos. Los potenciales celulares eran comunes en las células del sistema nervioso. ¿Las células madres pueden hacerlo sin diferenciarse? Se están comunicando.
La moto de su hijo desplazada a metros de su cuerpo. Su rostro de sangre. El sonido de la ambulancia que no llega. El pulso de su vida escapándose
— Sí, puedo.
Silencio.
La Dra. Yeon se sostuvo de la mesa para ponerse de pie.
— ¿Y si la conciencia es un código ancestral? ¿Y si la comunicación celular es la conciencia de la vida? ¿Cuándo una célula se da cuenta de que está viva? Creo que ese código está en el ADN de la mitocondria. Todos los seres vivos lo tenemos. Pero en estas células hay un grupo que no. Hay un grupo que no tiene a la Eva mitocondrial. Y creo que se están comunicando.
Tomo aire. El suspiro resonó en el laboratorio. El zumbido de los equipos en cambio pareció callarse.
— Dra. Yeon. Su hipótesis será analizada. Puede continuar con la investigación. Pero a partir del día hoy, usted está presa por violar los estatutos internacionales y leyes de Corea.
Siguió trabajando.
Registro experimental 089-KEO
Placa: 6 pozos / Recubrimiento: vitronectina
Pozo E3 – célula madre clonada a partir de tejido Caral
Observaciones: comportamiento de agrupación no lineal. Formación de espiral. Latencia rítmica. Reacción al estímulo lumínico. Posible forma primitiva de señalización.
Las células que no tienen ADN mitocondrial despiertan a las otras.
En un momento su vista se nubló. Tenía hambre. Al salir de su laboratorio, dos hombres de seguridad la siguieron a distancia. En el auricular, la voz le recordó que no podía retirarse los dispositivos del oído y ni abandonar el Instituto.
En el comedor retiró una tarta de queso. El sabor dulce la reconfortó. Miraba la forma de corazón del café que se movía, cuando una voz grave, en tono de susurro, le dijo:
— Esa tarta es muy rica.
Los ojos marones del Dr. Diego Sayritupac se encontraron con los suyos.
— ¿Qué es de mis células?
Yeon no sabía mentir. Las ventanas del comedor dejaron entrar la brisa de la tarde. Diego abrió la mano.
— ¿Dra. las células, al multiplicarse, forman hileras con forma de caracol? Las clonó.
Pip. El sonido del auricular. Las cámaras, amplificando por mil la imagen, registrando cada movimiento.
Le comentó de la comunicación lumínica.
¿Y si estas células portaban la voz de algo más antiguo?
Tomó su teléfono móvil y le mostró la foto de su hijo. El rostro sonriente. Atrás la valla de la meta. La bicicleta roja a su costado. La siguiente foto, su hijo en la habitación del hospital. Secó sus las lágrimas.
— Hay algo en las células madres de Caral que despiertan a las otras células.
— La espiral es el signo de origen cósmico y de la vida— comentó Diego.
— ¿Se da cuenta de que la conciencia es externa? Es una comunicación antigua.
— En los quipus también usaban espirales, doctora. Eran la memoria antes del lenguaje.
Los guardias se acercaron y con solo la mirada la obligaron a seguirlos. Caminó lento. Pasillos interminables. Un ascensor que desconocía. ¿Iremos a mi celda?
La dejaron sola ante una puerta. Un láser amarillo leyó sus retinas. Al ingresar la oscuridad, le impidió moverse.
Solo podía pensar en el pequeño papel que le había dejado al colega peruano en su mano.
Las luces fueron mostrando los brazos robóticos manejando muestras biológicas.
— Bienvenida, Dra.— dijo la IA
Soo, enmudeció. La cantidad de equipo era enorme.
— Hemos creado un cultivo clonado de cepas Caral- negativo 003.
La investigadora se acercó a leer los datos visibles en una pantalla.
— La célula sin ADN mitocondrial es un emisor ancestral que activa la memoria biológica del linaje materno.
— ¿No ve algo más?
— Lograron identificar a la molécula que lo logra. El producto que activa la vida. La conciencia — contestó emocionada.
Sus piernas temblaban. Su vida ya no era suya.
Líquido cefalorraquídeo de su hijo. Eso. ¿Esa molécula lo despertaría? ¿Tendría muerte cerebral?
Una línea de luz en el piso la condujo a su nuevo cuarto.
Reconoció sus muebles. Las fotos de su hijo y las de sus padres. Los premios ganados en la escuela.
— ¿Podría comunicarme con el Dr. Hyun-Woo Park?
— Su colega ya no pertenece al instituto de Biociencias y Biotecnología de Corea y usted tampoco.
Entendió su situación.
— Necesito saber de mi hijo. Hablar con sus médicos tratantes.
Una de las paredes era una pantalla en todas sus dimensiones. Primero, un zumbido. Luego una cámara mostró el rostro de su hijo en primer plano. El sonido ambiente con los pulsos de las máquinas de la terapia intensiva. En un costado, el expediente clínico con sus parámetros.
Un hombre ingresaba al cuarto. Diego estaba mirando el respirador. La cámara se acercó a su rostro. Otras personas ingresaron con camillas.
Soo lloró.
— Vamos a realizar su experimento— confirmó la IA.
Días después, purificada, la proteína producida por las células de Caral, ingresaba en un goteo lento en las venas de su hijo.
No había nadie en la sala. Las luces intensas. Solo ella en el sillón, cubierta con la manta.
Seis horas y nada. Ninguna reacción.
Se apoyó en los pies de su hijo.
— Dra. Yeon, ya debe irse a su cuarto— dijo la IA.
En su cuarto, la pantalla mostraba al Dr. Diego Sayritupac acompañado por la policía coreana en el aeropuerto abandonado Seúl.
Los titulares comentaban el accidente de tránsito sufrido la semana previa por el director de investigación del instituto.
Una alerta roja le mostró cómo manos robóticas realizaban una reanimación cardiaca sobre el joven cuerpo de su hijo.
Hora de muerte: 03:03:03
La pantalla se apagó.
En un cuarto cercano, un muchacho se despertaba, preguntado por su madre. A las pocas horas fue evacuado a un lugar desconocido.
La Dra. Soon Yeon, se tapó el rostro con las colchas en su cama. En esa oscuridad recordaba a su hijo. Sus besos. Sus primeros dibujos.
De pronto, unas luciérnagas dentro de su cama. Se movían como una espiral. Flotando dentro de las sabanas.
— Está vivo.
Nota de autor
El presente relato surge del interés por explorar el punto de intersección entre ciencia y literatura, dos lenguajes que, aunque distantes en su forma, comparten un mismo propósito: comprender la vida.
Desde su concepción, el texto se propuso indagar en la posibilidad de que el conocimiento científico pueda ser narrado desde la sensibilidad estética, sin perder su rigor conceptual.
El narrador, en tercera persona focalizada en la doctora Soo-Yeon, funciona como un lente doble: observa el entorno con precisión técnica, pero también permite una mirada emocional e introspectiva. Esta dualidad sostiene la tensión entre la objetividad del laboratorio y la subjetividad de la pérdida.
Uno de los mayores desafíos de escritura fue el léxico.
El relato exigía un lenguaje científico verosímil, pero al mismo tiempo poético. La palabra célula —repetida a lo largo del texto— se convirtió en eje simbólico y estructural.
Intentar sustituirla por sinónimos resultó improcedente: ninguna otra palabra conserva su carga conceptual ni su resonancia biológica.
Eran células madre, entidades fundacionales, origen de toda forma viva y, en el plano metafórico, de la memoria y la conciencia.
El texto propone, por tanto, una lectura en dos planos: como relato de ciencia ficción biológica y como meditación sobre el vínculo entre la creación científica y la creación literaria, entre la reproducción celular y la repetición poética del lenguaje.
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