La memoria en una taza de café

Cronicas Urbanas

La memoria en una taza de café

El sabor del aguadito de pollo estaba espectacular. Mi suegra tiene la chispa de la sazón, como toda limeña de ley. Las conversaciones en el almuerzo son tan vívidas. Conozco las calles de Chorrillos sin haber estado allí. Sé cómo son sus ruidos y sus olores. Pily y sus amigas del barrio todavía se visitan. Setenta años después, los detalles de sus alegrías y sus historias se cuelan entre los platos.

—¿Estás bien? —me preguntó mi esposa—. Estás pálido.

Le contesté que sí.

¿Por qué hay personas que recuerdan con tanta precisión de detalle?

Me esforcé por evocar un momento de mi vida. Me vi jugando al tuti fruti en la cocina con mi hermana. Sonreí: siempre perdía yo.

“La memoria es una forma de reminiscencia del alma”, me dijeron una vez.

¿Entonces nuestra alma es la memoria de quien nos recuerda?

Mi esposa levantó los platos. Comentó sobre su escuela secundaria. Un día se quedaron encerrados y uno de sus compañeros bajó por el balcón. Me acerqué a la cocina: me tocaba preparar el café con la máquina. En el estante superior había un grano peruano de Cusco, con aroma y notas de cacao. El olor y el vapor generaron un instante especial. Imaginé un grano conectado con otro, como si el sabor se construyera en su unión.

¿Una neurona con otra para los recuerdos?

La voz nítida de Pily llegó desde el comedor:

“Alma, si tanto te han herido,

¿por qué te niegas al olvido?

¿Por qué prefieres llorar lo que has perdido,

buscar lo que has querido,

llamar lo que murió?”

Homero Mazi. Hay algo ahí… A mi madre también le encantaba ese tango.

El abuelo de mi esposa lo cantaba en la Lima de 1940. Serví el café y me quedé unos minutos mirando la taza. El líquido negro giraba como un long play.

Recordé a mi hermana sentada frente a la televisión con un café en la mano. Lo revolvía con su cucharita, humeante. La novela de Rodolfo Bebán y Gabriela Gilli en las calles de Buenos Aires de 1976. El protagonista dejaba su rosa en el balcón cuando sentimos un ruido en la puerta de calle. No recuerdo a nadie más en la casa.

Mi hermana, con sus dieciséis años, fue a atender. La ventana pequeña servía de mirador. Escuché cómo sacaba el pasador: ese ruido seco. Yo estaba por detrás, como buen hermano menor.

—Abra la puerta, señorita. Es la policía —dijo el militar, mostrando su arma.

Los golpes sobre la madera retumbaban en el pasillo. Las manos pesadas caían rítmicas. Ella me miró y apretó su mano contra mi pecho para que no avanzara.

—¿Está su padre? —Esa voz oscura todavía resuena en mi alma. Resuena a miles de kilómetros y décadas de distancia, en la cocina de Miraflores, en Lima.

Corrimos desesperados al patio. La pared posterior daba a la casa de mi abuela. Una pequeña puerta de chapa nos separaba.

Vi caer la puerta de entrada sobre el piso del pasillo. Rebotó. Me pareció que un polvillo que emanaba del suelo nos perseguía.

Las manos de mi hermana trataban de liberar el alambre que ceñía la puerta. Unas gotas de sangre y la mueca en su rostro. Un estruendo de muebles cayendo.

Mi abuela, del otro lado, con sus ojos azules inmortales, salió en nuestra defensa.

Tiraron la biblioteca y se llevaron todo lo que pudieron.

No nos llevaron a nosotros ni a mi padre. Sí, a nuestros libros.

—¿El café está listo? —se escuchó desde la sala.

Llevé las tazas; cada uno tiene su preferida: por color, por diseño o simplemente por gusto.

Sonreí dejando cada una en su lugar; había dibujado unas manzanas con el vapor de la leche.

Una torta de zanahoria en el medio de la mesa. Mi mujer me dio una porción que cambié por un beso. Ella tiene una hermosa voz. La música en la televisión comenzó con ritmo lento: era hora del karaoke.

“Mi unicornio azul ayer se me perdió.

No sé si se me fue, no sé si se extravió…”

La letra me inundó de emociones. Miré la alegría palpable que nos rodeaba.

Sonriendo, me fui a la pieza. En el guardarropa, en el último cajón, guardo cosas.

Al abrirlo vi las fotos de mis hijas. ¡Qué hermosas que son! El tubo de plástico con mis títulos universitarios. Tengo que colgarlos.

Encontré lo que buscaba. Lo tuve un rato entre mis manos. Las hojas estaban más grises. Me empezó a faltar un poco el aire. Suspiré profundo.

En la primera hoja estaba la dedicatoria. Era yo mismo quien me lo regalaba:

“20 de mayo de 2004.

Hoy murió papá.

Hoy empiezo a estudiar Historia del Arte.”

Y lo vi joven. Me compraba un autito de colección todos los viernes. También me compraba un libro de cuentos cuando volvía del trabajo.

Lo vi llevándome a la biblioteca para que me dieran el carnet y leer cuando quisiera.

Y me di cuenta de que tengo memoria. Que nunca los olvidé.

Vi a mi madre prepararme las tostadas con jalea de membrillo y queso crema.

Y me vi feliz, porque ellos ...están vivos.

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