Colmena 0

Cuentos Juveniles

Colmena 0

Me quedaban diez minutos para que el dron de viaje pase por la terraza y yo seguía en mi cama. 

La inmersión era algo maravilloso. Creo que todos en mi familia amamos la música. Buscando bandas, me encontré con una solista. Vivió hace trescientos años y canta como los dioses. Tina Turner. ¡Qué piernas! 

Mi pulsera vibró y cambió de color. Me quedé un rato mirándola, algo iba a pasar. 

A los 7 años nos la colocan. Es todo un ritual. Allí formamos parte de la colmena. 

—Este dispositivo se une a tus genes —me dijo el bot técnico cuando terminó. 

En la escuela llevábamos un año estudiándola, así que ya sabía. 

Miré por la ventana de mi cuarto y la simulación del mar me mostraba un pingüino. Tomé aire y una brisa marina me inundó. 

—Bueno, hay que levantarse —me dije. 

Me tocaron con delicadeza el hombro. Me sorprendí un poco. 

Y allí estaba… Tina Turner. 

—El dron de viaje ya está en la terraza —comentó Tina. En mi mente sonaba The Best.

—Esta simulación ha finalizado —dijo ella. Al irse, un minuto antes de cerrar la puerta, giró su cabeza como solo ella sabe hacerlo y se rió. 

Me puse mi nanotraje. 

—Quiero un jeans y una camisa a cuadros roja y negra —le dije. 

La voz que vive conmigo hizo un sonido como de risa. 

—¿Otra vez como leñador? 

Bueno, mi mejor amigo se viste como un reptil y nadie dice nada. 

Cuando llegué a la terraza, mi madre me miró de arriba abajo. 

—Sos un clon de tu padre —llevó sus ojos hacia arriba. Era graciosa. 

El dron era enorme, subimos a los tubos aéreos. Siempre me parecieron una aspiradora. En segundos estábamos adentro. 

La voz me recordó mi asiento. 

—Nos toca al final —dijo mi madre. 

Eso no era cierto, ya que el dron cambia la configuración durante el vuelo. 

—Te leí —me dijo. 

Eso era algo peligroso. Los padres pueden leer los pensamientos hasta los dieciséis. 

Mi madre me agarró del brazo. Estoy seguro de que me puse rojo. 

Lo único que me faltaba es que me diera un beso. 

En un par de asientos más adelante estaba una niña y su mamá. Vi sus ojos negros, grandes, hermosos. Ahora seguro estaba rojo tomate. 

—Sí lo estás —me dijo la voz. 

Al pasar al lado, la pulsera de mi mamá se puso verde. Las dos mujeres se miraron y rieron. 

Eso me gusta de las pulseras: cambian de color según las personas que conocemos. Ellas dos eran amigas, según la pulsera. 

—¡Hola, un gusto encontrarnos! —le dijo a mi madre. 

—¡Holaaaaa! —contestó ella. Le gusta alargar la a.

Traté de mirar para otro lado, pero la niña me miraba y, de pronto, las escucho: 

—Alicia y Tomás van a sentarse juntos. Nosotras nos vamos a los asientos posteriores, que tenemos que charlar —lo dijeron a coro y sincronizadas. 

Pude leer en mi mente el mensaje de mi madre: 

—Te portás bien, porque si no te mato. (Con un emoji de corazón). 

Me senté tranquilo. Ella ya no me miraba. Alicia se llamaba. ¿Para qué lo pensé? 

Mi voz buscó canciones con Alicia: 

“Alice”Lady Gaga

“Canción de Alicia en el país”Serú Girán

“Alice”Avril Lavigne

Mi pulsera vibró. 

—No, no… que no cambie de color. 

Miré la de ella. Sus ojos, sobresaltados, la miraban. Qué bonita que es. 

Nuestras pulseras pasaron de verde a azul profundo. 

Ambos estábamos destinados a estar juntos toda la vida. 

No quise mirarla, solo sentía mi corazón a mil. 

El dron giró a un costado muy rápido. De forma instintiva, nos dimos la mano. 

En ese momento, un resplandor sordo se vio en los pasillos del fondo. 

Algo había impactado, llevándose parte de las personas y parte del dron. Vi a mi madre volar por los aires. 

Leí sus últimas letras: 

—¡Cuídate, mi niño! 

La voz me habló: 

—Es un momento crítico. Busca opciones de salida. Solicito autorización de enlace código azul. 

—Código azul aprobado. —Busqué los ojos de Alicia. 

—Hola Tomás, tengo miedo —me dijo su voz en mi mente. Era dulce. 

Un hombre mayor intentó usar el dispositivo de escape. 

La voz les dijo a todos: 

—La prioridad son los niños y personas con menos de veinte años. 

El señor bajó los ojos y solo se arrodilló. 

El tubo extractor de Alicia no funcionaba. Agarré su mano y le dije que se sentara sobre mí. 

En menos de un minuto el extractor nos rodeó y nos expulsó al vacío. 

—Tomás —susurró la voz—. ¿Aceptás los códigos identitarios de tu madre? 

—Sí —dije. De esa manera ella siempre estaría conmigo. 

El tubo cambió de forma y se hizo cilíndrico. 

Mi nanotraje era ahora plateado, con un sol en el corazón. Alicia tenía un traje azul con una luna. 

—Mirá esas luces, Tomás —me dijo cautelosa. 

A metros se veían naves que se acercaban. La voz nos dijo a ambos: 

—No son pertenecientes a la Colmena. Por la forma de sus naves, están en configuración de ataque. 

Silencio. 

Un zumbido en mi oído. 

—Las entidades identitarias solicitan comunicación —dijo la voz. 

—Permitido —dije. 

Sentí que a Alicia le estaba pasando lo mismo. Leí en mi mente su mensaje: 

—Estoy hablando con mi bisabuelo. 

Otra vez el zumbido. 

—Hola Tomás, soy Jonas, tu abuelo. 

No supe qué decir. 

—Debes solicitar el módulo de hiperespacio —me dijo. 

Otra voz apareció. Era el bisabuelo de Alicia. 

Todos estábamos, en ese instante, sin espacio ni tiempo. 

—Di estos números, Alicia: 7676789 —dijo claramente. 

—Tomás, completa la serie —me dijo mi abuelo. 

¿Qué clase de número es ese? —pensé—. Parece un código. O una canción que empieza a repetirse y, de repente… cambia.

Siete, seis, siete, seis, siete… ocho, nueve. 

Sube. Baja. Sube otra vez. Luego se acelera. 

Cerré los ojos. No quise pensarlo como un problema, sino como si fuera una historia. 

Y en esa historia, después del 9, ya no había más que decir. 

Solo quedaba el silencio. El reinicio. 

Un suspiro. Un… 0. 

—Se ha habilitado hiperespacio —dijo la voz. 

Así Alicia y yo empezamos la colmena de nuevo. 

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